Hacia una transición obligada: un debate no políticamente correcto

La perspectiva desde las nubes siempre es diferente, sin importar el paisaje, el clima o el estado de ánimo, al aterrizar o al despegar: de Ginebra a Lisboa, del Vaticano, a Londres, Berna, Roma, Oporto, de nuevo a Ginebra, con la emocionante expectativa de que el prometedor nuevo año mantenga el mismo ritmo: tareas pendientes, ideas casi consolidadas y proyectos desafiantes finalizados con éxito. Foros, presentaciones, eventos de #networking y, lo más importante, mi enriquecimiento espiritual en cada uno de esos lugares, eventos y personas. Muy especialmente uno de ellos: cruzar la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro durante este  Año del Júbilo, una categoría – me gusta verlo como una oportunidad de elevación espiritual- concedida por el difunto Papa Francisco. Un capítulo tan inspirador para mi particular año 2025, que aún me conmueve al recordarlo. El sentimiento profundo y transformador de estar alineada, formar parte de un momento histórico de esta magnitud, para mí misma como para la comunidad Católica en general,  como lo es la elección del nuevo Papa León XIV. Aportando un aire fresco a un entorno caótico y negativo, con una agenda política de impacto global decidida a convertir el debate en un motor que alimente la confrontación agresiva constante y sorda.

No es casualidad que 2025 fuera el año de los “peregrinos de la esperanza”, una invitación a la unión, la conciliación y la reconciliación de las diferencias. En definitiva, los motores básicos de la paz son una actitud esperanzadora y un trabajo incesante de construcción y reconstrucción de pilares de confianza. Un constructor de paz no es necesariamente un activista, sino un líder o “influencer” político que deja de lado los intereses, la ideología y muy especialmente la ira. Por ende, pasa a ser “políticamente incorrecto”.

Así es como veo la transición 2025-2026: a diferencia de otros años, no hay margen para la resignación o conciliación cuando existe la determinación obsesiva de llevar adelante intereses que en definitiva no son parte de un verdadero cambio, sino del mantenimiento de un estatus quo basado en la creciente manipulación digital y la movilización masiva con objetivos profundamente oscuros. Sin duda, será un proceso que llevará al cambio, pero no a uno más democrático y respetuoso de derechos humanos sino a la consolidación de una era de centralización en el poder mediante estándares homogéneos que la aseguren. Una igualdad sí, pero solo a nivel horizontal.

El atractivo vocabulario al que nos hemos acostumbrado: innovación, cambio, empatía, sostenibilidad, compasión, se transforma diabólicamente en un camino autoritario que nos obliga a todos a ser “políticamente correctos” o a morir políticamente. No se permite debatir, se argumenta que solo una parte cuenta en todos los conflictos, y así, de forma descabellada, se abre paso la cruda y cruel realidad: #corrupción en España, en la Unión Europea, -con líderes como la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, F. Mogherini, arrestada por fraude-. Europa “en pie de #guerra”, a pesar de los esfuerzos del Presidente Trump por llegar a un acuerdo. Paradójicamente con su agenda va en contra de la establecida por la UE, que no puede ser más irracional: “la guerra por el tiempo que sea necesaria”, como la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, exige repetidamente. Casi milagrosamente, la diplomacia y la negociación van encaminando un posible acuerdo, al menos reduciendo las hostilidades, y en consecuencia, borrando de cuajo la agenda institucional de la UE/OTAN. Cualquiera que aprecie o reconozca los esfuerzos específicos del Presidente Trump en este tema en concreto,  -no necesariamente de toda su agenda y estrategia internacional- automáticamente se le anula su credibilidad o incluso popularidad. En aras de un mundo equivocadamente “políticamente correcto” no se permite otra opción que no sea “blanco o negro”. Los matices se esfuman cual pintura de  Monet y los gestos brutales y hoscos pintan un cuadro dramático y oscuro que se asemeja a un Caravaggio

Migrantes que no son #migrantes: éxodos masivos de personas inocentes, incluidos niños, que se adentran en la oscuridad del mar, llegando a tierras que no están preparadas para recibirlos, sin ningún acuerdo entre naciones, ni razones apremiantes para embarcarse en tamaña temeridad. Es cierto que las crisis económicas y la pobreza pueden empujar a parte de la población a aventuras peligrosas, pero no a una escala masiva como la que presenciamos en el Mediterráneo.

Ninguna ayuda humanitaria podría reemplazar la inoportunidad de permitir que movimientos masivos de personas abandonen sus tierras sin garantías ni apoyo, mientras que sus gobiernos no dudan en saquear todos los fondos otorgados, aprovechando políticas pseudo compasivas que, sorprendentemente, no consideran los niveles de corrupción del país destinatario. Esto contribuye al círculo vicioso de la falta de transparencia y rendición de cuentas, cuyos únicos beneficiarios son los gobiernos locales, que se vuelven aún más poderosos a costa de sus ciudadanos -y de ayuda extranjera-.

Lo mismo ocurre en zonas de guerra, donde la corrupción se encubre con términos políticamente correctos como “#paz”, “compasión” o “ayuda”, en lugar de mantener el control del proceso en niveles adecuados de rendición de cuentas. No solo para los receptores, sino también para los donantes, como en el caso del Acuerdo de Asociación UE-Ucrania de 2017* y la singular interacción e intereses que se han generado desde entonces.

La #ayuda #humanitaria no es una cuestión de reemplazar  la responsabilidad de los gobiernos, ni la diplomacia en si misma; se trata de ayudas temporales para facilitar procesos que permitan a las naciones alcanzar  la plenitud del ejercicio de su soberanía y empoderamiento, y no ser esclavos de una relación de dependencia permanente, por ende,  tóxica y a la postre, promotora de corrupción.

Las campañas por la #igualdad de #género se necesitan, pero de otra manera; no como otra forma de malgastar recursos: sin  resultados tangibles, olvidando la equidad, la cultura, la religión y las tradiciones. Mujeres y hombres son iguales en derechos y oportunidades, no en naturaleza, y muchas de aquellas #mujeres que reivindican su derecho a la libertad, lo hacen como tal, no como forma de beneficiarse de una estricta condición de género, sino a ser consideradas y protegidas precisamente por esa diversidad. No, no es políticamente correcto ni popular, pero es la manera de encontrar el equilibrio y la armonía entre mujeres y hombres.

En lugar de presionar constantemente a la población a estándares globales que no encajan —solo lo consiguen a nivel comercial— . El ODS 5 queda así como un gran avance de acuerdo filosófico, de un “deber ser” que todos coincidimos pero con una implementación que cae en el fracaso una y otra vez no ya por la falta de acción, sino por la falta de conciliación a nivel global. A lo que se suma, un aspecto clave olvidado que es que la protección de las mujeres se basa en la complicidad con los hombres.

Un ejemplo de ello es la presencia política de las mujeres, que no se trata necesariamente de cifras, sino de una sólida capacidad para participar en los procesos de toma de decisiones, en los cuales la política es solo una parte. Líderes comunitarios, blogueros, pensadores independientes, amas de casa, asociaciones de padres, etc., también deberían forman parte del juego de los agentes de cambio, otorgando a la sociedad civil el lugar legítimo que merece en una sociedad democrática. Lo demás, es un terreno autoritario y tiránico, un derroche centralizado  de poder que no sorprendentemente, termina siendo un fracaso por el reducido impacto que tienen esas políticas.

Y finalmente, la “veracidad” de las #redessociales nos está llevando a todos por igual a un escenario falso, para quienes la “verdad” está claramente preestablecida y cualquier tipo de inacción o acción en contra de ella se considera una amenaza o aún más un ultraje a la estabilidad global. Nada más confuso y manipulador que enfrentar a la humanidad a continuar una guerra, por ejemplo. Hay quienes que creen que la libertad de expresión debe así ser cancelada en aras de una sociedad mejor y un supuesto futuro “estilo de vida perfecto” que, como era de imaginar, nunca llega —o si llega, no es como se esperaba—.

Apegarse a los hábitos saludables y a la intuición, y encontrar un equilibrio entre los pensamientos políticamente correctos y los realistas y orientados a los resultados, es una forma de contraatacar. En mi caso, escribir, intercambiar ideas, viajar y asistir a reuniones de personas con perfiles multifacéticos , encuentro el punto de corrección, no el estándar preestablecido. Busco la verdad en lugar de perseguirla. Simplemente analizo hechos, no hechos ideológicos que poco a poco se diluyen en una masa de debates falsos que crean tendencias, pero no resultados.

Para mí, el 2025 no ha sido suficiente, esto no es todo; es simplemente una transición fluida, continua y armoniosa que mantiene la misma intensidad, pasión creativa y filantropía comprometida; un trabajo que no ha terminado este año y que me invita a una transición de dos años.

Prometo ser políticamente incorrecta, aunque profundamente comprometida en marcar la diferencia entre lo popular y moderno, y una perspectiva sofisticada y audaz hacia el análisis político que contribuya a la ayuda humanitaria transparente, la integración global, la equidad -no igualdad-de la mujer, la transparencia en las redes sociales, la ética en la inteligencia artificial y la casi inalcanzable paz —incluso si ello supone ser políticamente incorrecta—.

Pensamientos de una peregrina de la esperanza…

*https://en.wikipedia.org/wiki/European_Union%E2%80%93Ukraine_Association_Agreement

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